Uno siempre vuelve por aquello lugares de encuentro, por esos personajes célebres que se cruzan en el ejercicio periodístico.
Y volví. Echar la memoria para atrás fue duro: Andresito siempre llegaba a la emisora el 14 de enero, iba una vez al año a poner un aviso para que lo saludarán el 15 día de su cumpleaños. Llegaba con dificultad, recuerdan? Andresito, el de “La vida en blanco y negro”, pues por un ojo veía negro, muy negro y por el otro blanco, puro blanco.
Hoy 15 de enero, a sus 65 años, nos volvimos a encontrar y como de costumbre no me pudo ver, pero apenas escuchó mi saludo, se levantó de la silla de madera y a tientas me buscó para darme un abrazo. Qué abrazo!, sincero, cercano, tanto que hasta despertó la envidia de quienes estaban en la casa, allí cerca a lo que un día fue su rancho, en la Vereda Las Vueltas de Tibasosa.
Lo trajo doña Martha Molano, una de esas vecinas que con el tiempo se convirtió en toda su familia, pues ni hermanos, tíos, sobrinos o parientes saben de él. Y allí en la casa de Martha conversamos, hicimos un brindis, comimos torta, conjugamos las palabras en pasado, presente y futuro. Lo vi, lo sentí muy bien, “repuestico” -diría mi abuelita- mucho mejor de aquellos días en la mediagua de adobe, que con el tiempo también se cayó, quizá anunciando que el sueño de su propia casita, con baño y cocina se quedó en el olvido.
Ahora está un Centro de Atención para Ancianos en el municipio de Belén, un poco duro, dice levantando la cabeza al cielo, pero ahí uno se acostumbra. Lo que no ha perdido es la alegría, el gusto por el baile, sobre todo si le ponen la canción de Velosa, “Bailamos señorita”, pues sabe que bailando en una pata no hay quien le gane y que nada tienen que ver los ojos con el ejercicio. Ya no ve nada: ni negro ni blanco, me dijo, es que hora si que no veo nada. Pero afina su oído, carga un radiecito entre el bolsillo de la camisa, para escuchar por la noche porque me desvelo mucho, sonríe, y aquí lo escondo para que no me lo quiten. Y otra vez extendió su mano, buscó la mía, la apretó y sin soltarla me dio otro abrazo.



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