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EL QUE CANTA SUS PENAS ESPANTA

 “El que canta sus penas espanta”, concurso de copla y baile carranguero, apoyado por la Secretaría de Cultura y Patrimonio,  Programa Departamental de Concertación Cultural, se realizó el domingo 2 de octubre de 2022, en el municipio de Tibasosa, escenario donde se juntaron hombres y mujeres de distintas regiones de Boyacá, con el ánimo de compartir y dar testimonio de las diferentes manifestaciones de la copla o canta tradicional y  al ritmo de la música campesina se mostró el baile típico de esta parte del país, con lo cual se abrió un espacio para hacer un registro de la tradición oral y se visibilizaron a las auténticas copleras y copleros del departamento. 

 

 

EL REPERTORIO

Cada coplera o coplero debe hacer una presentación en el estrado que incluya :

Presentación: A punta de copla se presentan (nombres, apellidos, lugar de nacimiento, lugar donde habitan, trabajos, actividades, estado civil, hijos, sueños, gustos, disgustos y en fin todo lo que quieran dar a conocer de su persona).

Repertorio: Máximo diez (10) minutos donde presentan todo su repertorio de coplas basadas en las vivencias de Boyacá. Podrán usar las famosas coplas de allá arriba en aquel alto, las del armadillo, las cojas, las románticas, pendencieras, improvisadas, las habidas y por haber, todas valen.

Final. Clasifican tres (3) mujeres y tres (3) hombres para la final, los cuales deben hacer otra presentación de máximo cinco (5) minutos empezando con tres coplas libres y el resto con coplas de repentismo (improvisación sobre un tema escogido a la suerte).

 

BAILE CARRANGUERO

Antes de la fase final y al ritmo de nuestra música carranga, se realiza un baile por parejas, combinando merengue, rumba, torbellino, guabina y bambuco para reconocer a los mejores bailando lo auténtico de nuestra música.

 

RECONOCIMIENTOS

El jurado del evento, integrado por reconocidos intérpretes, forjadores y cultores de nuestra tradición, otorgará reconocimientos consistentes en estatuilla artesanal y bonos para cambiar por productos para el hogar, así:

  • Estatuilla artesanal y bono para las tres (3) mejores copleras y a los tres (3) mejores copleros
  • Bono para las tres (3) mejores parejas del “Concurso de Baile Carranguero”.
  • Reconocimientos Especiales. A quienes considere necesario por su trabajo, esfuerzo, edad, repertorio, entre otros aspectos.

 

Para tener en cuenta:

En el repertorio y la muestra de cada participante, se tendrá en cuenta, los siguientes aspectos:

  • Traje con que presenta el repertorio
  • Manejo del tiempo en la presentación
  • Variedad de coplas usadas
  • Vocalización
  • Habilidad y memorización
  • Construcción de las coplas
  • Manejo de público
  • Recursos utilizados para el repertorio
  • Capacidad de improvisación
  • Buen humor y sana picardía

 

TRANSMISIÓN

El evento “EL QUE CANTA SUS PENAS ESPANTA”, se transmitió en vivo y en directo con avances a través de la emisora pública BOYACÁ 95.6 F.M.

 

EL REGISTRO 2022

El evento fue grabado en formato audiovisual, como material  de registro y memoria con el cual se produjeron piezas audiovisuales con lo mejor de los diferentes repertorios ofrecidos en el evento.

VER REGISTRO EN VIDEO VERSIÓN 2022

 

La versión 2023 con el apoyo del Ministerio de Cultura, Programa Nacional de Concertación Cultural, se realiza el sábado 30 de septiembre y el domingo 1 de octubre de 202

Contacto para preinscripción y más información:  3125593756

 

El convite

Es una tradición histórica, cuyas funciones sociales se imponen a las productivas, la cual debe recrearse como una de las manifestaciones más auténticas de identidad y fraternidad entre los pueblos y las comunidades

"Convite invoca reciprocidad, ayuda mutua y trabajo en conjunto de varios individuos, colectivos u organizaciones. En las zonas andinas del centro y sur del país, convite implica también alegría, fiesta y espacios para compartir todo aquello que procura goce o contribuye a la vida –por ejemplo, los alimentos - a partir de esfuerzos colectivos que suelen ser resultado de la autogestión. En el convite no solo participan los habitantes de un mismo lugar, sino todos aquellos que se quieran sumar". (Fuente: definición inspirada en El convite como estrategia de construcción comunitaria, Muñoz Marín, V. A., 2021).

 

La prueba de que la satisfacción de la necesidad de asociarse no es fruto de las civilizaciones desarrolladas, es la existencia desde la prehistoria del CONVITE, el cual posibilita el espíritu de fraternidad en torno al ideal de desarrollo: desde la asociación libre para construir un templo a los dioses, a la participación para colectar una siembra, hasta la influencia de a multitud  con pica y pala para construir un camino.

La existencia de espacios territoriales comunes entraña una lógica social vinculada a su propia existencia, una lógica que implica unas relaciones de cooperación y solidaridad muy asociada a la idiosincrasia del campesino, que está articulada a las relaciones sociales tejidas por siglos de compartir terrenos abundantes, sin parcelación física y de escasez de brazos para trabajarlos.

Los convites, se los ve como costumbre campesina dotada de un contenido de tipo folclórico, pero en la raíz de esta “costumbre está la satisfacción de una necesidad. Los convites se desarrollaban con el propósito de efectuar un trabajo social o productivo, en un contexto común que permitía la realización de labores colectivas sin la mediación del salario o pago alguno. Entonces es la satisfacción de necesidades humanas las que son determinadas históricamente.

Entonces, estas relaciones de cooperación-solidaridad si bien se transforman con la modificación de las relaciones de propiedad, con el advenimiento del capital, afloran y permanecen más allá de la “partición de la tierra”. Estas relaciones de cooperación forman parte del conjunto de relaciones sociales de la producción, correspondientes a formas particulares de relacionamiento de los individuos entre sí y de estos con la propiedad.

Las necesidades de los sujetos no sólo deben verse desde la perspectiva económica, sino desde la perspectiva de las relaciones sociales en el marco de un sistema productivo; “la reducción del concepto de necesidad a la necesidad económica constituye una expresión de la alienación de las necesidades…”; pues las mismas implican un entramado cultural que cruza transversalmente esas relaciones sociales, en ese sentido, en ellas se compromete la espiritualidad: donde confunde la cosmogonía cristiana con los mitos vinculados al quehacer productivo, a la salud, a las relaciones interpersonales, es decir, se envuelve el mundo simbólico-espiritual, como parte de las relaciones sociales y económicas. En otras palabras, se involucra la densidad que adquiere el entramado social y por tanto le dan particularidad a las relaciones sociales tejidas entre los sujetos y dentro de éstas, a las relaciones económicas mismas.

Es un sistema cooperativo de trabajo, que el campesino aún llama “convite”, mediante el cual el campesino invita a sus vecinos a que le ayuden en determinadas tareas que ameritan el empleo de decenas de trabajadores…. Así también el campesino favorecido está en la obligación, en reciprocidad, de ayudar en otra oportunidad a quienes le prestan su cooperación, su mano, por eso se le conoce también como "mano e'vuelta". La desaparición de los terrenos comunes no significó la desaparición de los convites, ni de las acciones de cooperación y solidaridad campesina, manteniéndose estas actividades a pesar de la parcelación de la tierra. Esta es una cooperación de carácter defensivo-flexible, de los pequeños propietarios básicamente en espacios territoriales de poca o ninguna influencia del capital.

El convite ha permitido recoger la cosecha, levantar una casa, ponerle el techo, hacer una cerca o resolver las urgencias de una familia. También ha estado presente en las obras comunes: con convites se levantaron puentes, construyeron escuelas y puestos de salud, se hicieron y arreglaron caminos y carreteras. El convite es lo que nos convoca, nos hace ser comunitarios, tener co-responsabilidad por los impactos sociales y con lo que hacemos, comemos, usamos y con el cuidado de nuestro entorno, de nuestro ambiente, pues en últimas somos parte del problema, somos parte de la solución.

AGUEDA – cuento

De los cuentos de los abuelos, sus largas conversas en las noches, al pie del fogón de la cocina y la tenue luz de la vela de testigo.

 

El alcalde se levantó del sillón, le miró las manos y sus pies semi desnudos, carraspeó y dictó sentencia: Don Rafa esta vez se le fue la mano y… hasta las patas, ahhh pendejo usted, si es que la volvió mierda, si la viera no tenía ni una parte del cuerpo buenecita, por todo lado llena de ese rojo, no es que… le tocó irse pa`l  hueco hasta ver cómo le hacemos con este asunto… Nooo… es que esta vez yo no puedo ayudarle, le dijo la autoridad, mientras Rafa seguía insistiendo que no era tan grave, que sólo le había cascado un par de palmadas.


Los alguaciles vestidos de azul rey ingresaron al despacho, lo tomaron del brazo y lo condujeron al hueco, una casa vieja ubicada en una esquina del parque del pueblo que servía de cárcel. Como no tenía mucho uso, escasamente tenía un tubo oxidado por donde escurría un hilo de agua, con poca luz y sin energía, de adobes desnudos y un piso revuelto entre el polvo, el cemento y la hierba. La puerta de entrada era un portón de madera que alguna vez fue rojo, que se ciñe a su marco con una cadena y un candado que insinúa la seguridad del sitio, pues por dentro las paredes que lo encierran se están cayendo y escaparse era tanto como encaramar el cuerpo y ya quedaba en la calle.


Aunque tenía pocos huéspedes no se sabía de alguien que hubiera escapado, quizá porque encontrarlo era fácil y la pena se suponía mayor. Así que Rafael o Rafael Tieso -como se le conocía en el pueblo- no puso ninguna resistencia, albergaba la esperanza que esto era cuestión de un par de días y volvería a El Piñalito, rancho de dos aguas donde vivía con Agueda, su cuarta esposa, una mujer delgada, de rostro tieso, pocas palabras y muy trabajadora, berraca sobre todo para “echar mocho” y “jartar guarapo”. Rafael Tieso se la había traído de El Pedregal, unos meses después de que enterrara a doña Bertha, su tercera esposa que había muerto sin ninguna bulla ni pena, por la noche se echó la bendición, se durmió y al despertar mano Rafa la vió con los ojos trabados y quietecita en un eterno sueño. Mucho se dijo del mal trato que le daba y de las tantas veces que estrelló sus puños contra el rostro de doña Julia, mucho más de sus anteriores esposas y de la manera como de la noche a la mañana le amanecían muertas, pero todo se quedaba ahí y Rafael Tieso continuaba sus andanzas.


No hubo más martes de caminatas por el camellón de la sabana para llegar a la estación del tren e ir a la plaza de mercado a vender la capellada y las suelas para los alpargates de fique que alistaban durante la semana, ni tronches, ni regateos ni conversas con los compadres mientras se escurrían unas cervezas o el machicambiao en el toldo de doña Inés. No más ordeños, ni vueltas al sembrao de cebada, ni mucho menos golpes contra la Agueda porque siempre hacía las cosas al revés y no servía ”ni pa`sacar las gallinas a miar”. No más caldo teñido por la mañana ni mazamorra caliente en la tarde, ni catre ni cobijas en la noche. Cada instante aguardó que llegará la Agueda, que se apareciera para arreglar las vainas o que le trajera sus guisaos, unas frazadas y el colchón, como las otras veces, pero los días se hicieron semanas y nunca se apareció, así que le tocó conformarse con una chilajo e´ lana que un pariente le llevó y dormir sobre tres tablas que pudo atravesar sobre unos adobes que recogió de las paredes que se estaban agrietando. Y de comer lo que le arrimaban de la alcaldía y lo que de vez en cuando alguien le llevaba por condolencia.


Y vio pasar las procesiones de la Semana Santa, los cuerpos bien vestidos de los feligreses para la misa del domingo, las algarabías de los estudiantes cuando salieron al asueto de medio año y muchos entierros de medio pelo, de esos sin flores y donde los acompañantes escasamente alcanzan para cargar al difunto. Y desde allí vio las fiestas de agosto y las corridas de toros, hasta que un miércoles por la tarde llegó el alcalde. Rafa lo miró con un suspiro alargado, sintiendo que con él venía su salvación, pues ya era hora porque tanto tiempo le tenía engarrotados los pies, las manos y hasta el alma. El alcalde le hizo saber que la cosa estaba difícil, que de su mujer no se sabía nada, su paradero era un misterio, se había ido como alma que se lleva el diablo y que por tanto no podía dejarlo ir, pero tampoco podía tenerlo más tiempo porque al municipio le salía caro mantenerlo ahí, así que todo se podría arreglar con una multa.


Rafael Tieso puso el grito en el cielo para hacer saber que no tenía ni un centavo con qué pagar, que lo poco que le alumbraba estaba en su rancho y todo había quedado abandonado a la voluntad de Dios Padre. Así que el alcalde no tuvo más remedio que ordenarle volver a cercar en muros de adobe la prisión y una vez terminara podría largarse para su casa o para donde se le diera la gana. El barro lo sacaría de allí mismo, la gavera y el tamo se lo traerían lo antes posible y si quiere puede pedir ayuda, ahí están sus hijos a ver qué tanto es que lo quieren –puntualizó el alcalde- y se fue sin mediar palabra ni esperar respuesta.


Y esto que jue, qué habré hecho pa`merecer tanta desgracia -se dijo Rafael Tieso- pero ya va`ver la Agueda y la alcahueta de la mama, esperen no más que yo salga de aquí, a ver si es que no les bastó la cueriza que les dí lo´tra noche en la guarapería de mana Jacinta en La Estación y siguió sumido en su pena, rascándose la cabeza intentando alguna revelación de qué se habría inventado la Agueda para tenerlo en ese suplicio, pues el tormento que le atajaba el sueño era tanta pensadera y no saber ni qué fue de su Agueda, como si se la hubiera tragado la tierra.

El domingo siguiente vino su hijo Marco, el único que de vez en cuando se aparecía, pues los otros hace años habían cogido camino y ni más. Marco arrimaba cada ocho días con una mochila atestada de la harina de siete granos, maíz tostado, un cocido de nabos, cubios, habas, chuguas, papas y arvejas, que en verdad no lo entusiasmaban tanto, porque más que eso siempre esperaba señales de Agueda, pero esas nunca llegaron. Con él pudo cuadrar el asunto de los muros y quedaron que los fines de semana se vendría con otros dos obreros para ayudarle y que Rafa hacía lo que podía entre semana, pues no veía la hora de salir de ese chiquero  pa´ arreglar cuentas y solo entonces se le vino a la testa la última muenda jedionda que le dio a la Agueda y vio su dedo señalándole que esa sería la última vez que le ponía la mano encima, porque como lo volviera a hacer ya vería, mejor dicho que no se iba a aguantar más. Por mi santa madre que lo jodo -recordó Rafael Tieso-  que le gritó, mientras se limpiaba la sangre de la cara con las enaguas.


Aquella tarde del martes, como de costumbre se quedaron escurriéndose unos guarapos en La Estación y por el camino de regreso empezó la pelotera que se vino a consumar en El Piñalito cuando él le atizó tres golpes en la cara y un par de patadas y escabullirse por los lados del salitrico a buscar tentaciones. Agueda hacía días tenía lista la cuestión, de una olla de barro sacó sangre del chivo que habían matado la semana anterior, se la untó como pudo por todo el cuerpo y así agarró para el pueblo, sin dar explicaciones ni atender llamados de las gentes que encontraba a su pasó hasta llegar donde el alcalde y ponerle de presente como la había dejado Rafael Tieso. Ese ta`loco señor alcalde, se le corrió, como no le bastaron las patas y las manos hasta con el machete me dio y pua´ya dizque anda buscándome todavía. Esa fue su queja y su prueba, ante lo cual el alcalde no tuvo más remedio que mandar a los alguaciles a traerlo y encerrarlo sin advertir súplicas ni explicaciones como en otras ocasiones, pues con lo visto quedaba sentenciado.


Para vísperas de navidad Rafael Tieso terminó lo mandado y se sintió extraño, por primera vez se vio encerrado y saber que el mismo había asegurado su propia cárcel lo ponía atolondrado. Ya no tenía ganas de salir porque ni siquiera sabía a qué, pensaba que uno construye sus culpas y que ese era el lugar para esperar la muerte. Dios mío deme una muerte pronta -se le oía en sus  ruegos-, pero el alcalde lo obligó a salir, porque después me acusan de no cumplir mis mandas -repitió y de nuevo se fue sin esperar palabra alguna-.


Desde ese instante Rafael Tieso se dedicó a morir. Volvió por el rancho y se dio cuenta que la Agueda se había llevado todo, que de verdad lo había jodido. Lloró un instante no tanto porque se hubiera largado, sino por tanto tiempo de abandono y porque los ahorros que con sigilo enfermo había metido  entre los adobes de El Piñalito también se le fueron y lo único que le dejó fue un catre desajustado y un pedazo de estera donde una mañana de junio encontró la muerte después de haber aporcado una orilla de maíz. Poco tiempo después su rancho quedó en el suelo, pues vinieron hijos, parientes, vecinos y hasta desconocidos a buscar la fortuna de Rafael Tieso y no escatimaron entre el piso, el zarzo y los muros hasta que no quedó un terrón sin esculcar. Todavía dicen que en las noches se ve que algo alumbra en El Piñalito y que esa tierra tiene algún guardado.

Andrés Rincón Becerra: LA VIDA EN BLANCO Y NEGRO

Después de los 17 años comprobé que "para lo que hay que ver con un ojo basta", pues producto de un accidente tuve desprendimiento de retina que fue atendido a tiempo y salvé el ojo izquierdo y el movimiento del derecho. Andrés Rincón  no tuvo ni atención ni preocupación por su desprendimiento de retina y quedó en tinieblas, con imágenes sonoras en blanco y negro: blanco, muy blanco que es lo que ve por un ojo y negro, todo negro que le permite el otro. Y es un hombre común, heredero de una gran pobreza, pero con ganas de vivir la vida, soñando un mejor presente y sentenciando que para lo que hay que ver con un radio de pilas basta. La vida es a todo color, la de Andrés en blanco y negro.

 

 

 

“Y qué milagro e´verlo” -exclamó Andrés-, mientras estiró la mano buscando a tientas otra que lo saludara. Cuando estreché su mano, la sentí tímida, callosa y agarrada con firmeza, como algo que no se quiere soltar. Solo en ese momento entendí la fuerza de las palabras de su saludo y atiné a decirle que ojalá eso fuera así, que ojalá me pudiera ver. Andrés lleva unos 27 años experimentando cómo las imágenes se le están opacando, su paisaje y su espacio se le fueron poniendo gris. La vista le escasea, un “mal momento” lo dejó sin “nada a la vista”.

“Uyyy, eso fue por allá en… mejor dicho yo tenía como veintisiete o treinta años, -rememora Andrés- al tiempo que busca el tronco de madera para sentarse. Eso fue un siete de diciembre, yo trabajaba en la albañilería y allí cerquita del paso del tren estábamos celebrando las famosas candeladas, y entre chiste y chanza, entre un trago y las bromas con eso de los apodos la pasamos bueno, hasta que ya me sentía como rascao y así sin despedirme agarré pa´l rancho. Yo creí que las bromas se habían quedado en la tienda, pero por el camino me atajaron unos manes y me agarraron a golpes, me encendieron a pata y cuando me vieron como muerto me arrojaron por una pendiente. Así fue, chistes caros por no saber con quién se mete uno, pero mi Dios me tenía pa´ este mundo, -dice mirando al cielo, clamando en silencio una explicación, agacha la cabeza, se restriega los ojos, suspira, medio sonríe y suelta otra sentencia: me jodieron, me jodieron y de ahí pa´ca mire cómo me toca, a sumercé lo conocí por la voz. Y pa´ellos no hubo justicia, eh, Dios verá y quién sabe qué fue de sus vidas, ahí me jodieron y se largaron”.

Esa golpiza, que aún hoy no encuentra razones, aparte de las heridas, chichones y lesiones que pasaron con el tiempo, le dejó un ingrato quebranto, pues con los años empezó a perder visibilidad producto de un desprendimiento de retina en ambos ojos. “Al principio no le paré muchas bolas, pues ahí veía, incluso me llevaron a trabajar en tierras de Santander, pero estando por allá el asunto se agravó, me fui quedando ciego y de tanto golpes y tropiezos no hubo más trabajo y tuve que regresarme. Me iban a operar pero no hubo ningún familiar o persona que se hiciera responsable y tocó dejar así”.

Andrés Rincón Becerra, “Andresito”, como se quedó para la mayoría, -“será porque soy ciego -enfatiza y guarda silencio-. O que la gente me estima, quén dirá”. Es un hombre común, -como dice Piero en su canción- con una patria, una bandera, una cara, una nariz, alguna miseria, una alegría, una vieja enfermedad, alguna estrella, un llanto, un rencor, una nueva franqueza, un apellido, un pasado, un presente, un futuro y un destino, una oreja, una idea, un color, alguno que otro delirio, un corazón, algún silencio, mucha rabia, un sueño, un inquilino, el sol, el cuerpo. En fin, un hombre común que sobre todo tiene siempre lo que tiene que tener: ganas de vivir la vida.

Y tiene una niñez que recuerda en ese mismo escenario rural que hoy habita, lleno de algarabía, risas y juegos de sus propias fantasías como los aviones y las hojas de eucalipto convertidas en billetes y los típicos como la pelota, el trompo, los cinco huecos y los aros.

La cotidianidad

“Cuando tengo que ir a alguna parte me levanto a las cuatro, o si no a las cinco, con el reloj del radiecito, me echo la bendición, hago mis oraciones y pongo a hacer un cafecito, es que no me gusta salir sin echarle algo al buche. Pa´l almuerzo una sopita, una avena, eso hay variedad, o hago un cocinado pa´ tres comidas o puay un calentao. Ahhh y la especialidad un “cambao”, que es echar de lo que hay, arroz, papa, pasta, así todo revuelto y listo. Para la cena con un cafecito o una agua de panela calmo la barriga, -suelta la risa- aguarde y le hago un café que me da pena”. Luego viene la ceremonia de la dormida: “Primero me echó mis remedios, el azúcar, el agua bendita de la Virgen de Santa Lucía y rezo mis oraciones, me encomiendo al de arriba y a mirar pa´entro, aunque eso es lo que hago todo el tiempo”.

Eso cuando hay qué comer, porque otra veces le toca apretar, aguantar, “aunque pu´aquí los vecinos a veces me socorren. Pa´cocinar eso ya uno se acostumbra, ya le coge como el modito. Eso sí me toca a tientas, tocando el talego y adivinando qué es, pero hay veces que me equivoco, pongo un arroz y espero  que se seque y queee, pasa el tiempo hasta que me doy cuenta que era cuchuco u otra vaina lo que le eche a la olla -se ríe, se quita la cachucha y se rasca la cabeza- y eso no lo pierdo, pues ahí le echo otras cosas que hay y me queda algo así como una sopa”.

De resto su vida pasa sin afanes, quizá lo que le da cierta alegría, lo que lo mantiene en pie, pues sabe que de hambre no se va a morir y que la soledad es una compañera que hace rato le pidió posada y se le amañó, se ganó su corazón y ya no quiere que se vaya. “Tuve mis amores pero ninguno duró… no pierdo la esperanza, es que también uno no hace el deber, pero en fin yo aquí con esta soledad, mi Dios y la Virgen”.

La imagen sonora

Un hombre común con ojos en los oídos, que ha aprendido que para lo que hay que ver, con un radio de pilas basta, por eso todos los años, antes del 15 de enero, explorando con una vara llega  a la emisora comunitaria Radio Semillas  “a poner mi aviso de cumpleaños, pa´que me saluden y para que sepan que yo existo, que tengo alegrías y que celebro la vida”.

“El recorrido lo hago a tientas, con ojos ajenos. Me voy por arriba, por la loma porque por la carretera central le cogí miedo desde que una tractomula casi me mata. Ahí me voy adivinando el camino, con la ayuda de los vecinos que me van diciendo,  con los perros que me salen a ladrar y una varita con la que voy tantiando, tantiando, porque el susto es que haya algún alambrado. De resto voy y vengo acompañado por el de arriba, mire, -esculca su billetera y muestra estampas de muchos santos- aquí cargo mis cristos que están rezados, de resto eso ya uno se sabe el camino de memoria, ya lo tiene como grabado, como cuando voy a trabajar donde el General Vergara, en la Vereda El Chorrito, también cojo aquí por la loma arriba. Eso sí me voy con las manos vacías y de vuelta puay la gente me da que unas papas, que una panela, así, que esto pun caldo, ahí voy juntando mi mercadito”.

Y que sabe lo que siente, que del dicho al hecho hay mucho trecho y cuando escucha la frase “ojos que no ven, corazón que no siente” se queda dudando, no entiende, vuelve y pregunta, se frota las manos, entrecruza los dedos y suelta despacio las palabras. “Yo si siento y mucho, claro, tristeza, alegría, ganas de bailar, angustia, siento que tengo la vida y pa´qué más. A veces por ejemplo me desespero y como que no me dan ganas de pararme, pero prendo la radio y suena la carranga y eso me da fuerza, se siente muy bonito. Uuuuu, es que la radio me permite ver, cuando dan las informaciones ya uno sabe cómo está el pueblo, que quién está de cumpleaños, que quién se murió, que una reunión, que una invitación, que las fiestas, que el tintico, la copla, ahí  ta´uno enterado y hasta se imagina como está todo pua´lla”.

 

La herencia bendita

“Nosotros fuimos muy pobres, así que yo heredé la pobreza porque ni este rancho es mío, esto es de mis tíos, es la herencia que dejaron mis abuelos, que ta´sin repartir y aquí me quedé o pa´donde cojo.  Y ha bregado para conseguir una casa digna, con baño y cocina pero todo se le ha ido en promesas, en papeleo, en el famoso “ya casi está lo suyo” y siempre aparece un impedimento.  Sigue soñando, esperando la casita. “Ese es mi anhelo, cuando ha de ser que no muera en un sitio propio porque la casita está como en el aire o quizá esperando que llegue al cielo y allí la tenga, quén dirá”.

Su espacio prestado es un sitio muy bonito en la vereda Las Vueltas, municipio de Tibasosa, a unos treinta minutos en vehículo desde el centro del pueblo. Un paraje  rural rodeado de montañas por un costado y el Valle del Sugamuxi por el otro. En un terreno donde cabría una cancha de fútbol, con sembrados de hortaliza, riego del Río Chicamocha y el rancho de dos aguas, en adobe y teja de barro que tiene todos los años y se está cayendo a pedazos. “Escasamente tapa el frío, menos mal que no tiene goteras, pero en un invierno fuerte me  tocó salirme, ir a pedir posada pu’allí donde un vecino. Pero es lo único que tengo, aunque ni mío es, es de mis abuelos pero por herencia de mi papá me toca. Queda pensativo, parece mirar a lo lejos, su rostro se transforma, habla con el alma. “Y aquí me quedo, es que mi tío… uuuyy ese hombre sí que me da mala vida, qué no me hace, me groserea, me pega, me maldice y me echa del racho cuando se le da la gana, pero vuelvo y digo que esto también es mío y p’onde agarro, de aquí me sacan con las patas pa´lante”.

Un camino a punta de caídas

Sus recuerdos, sus tristezas se mezclan con alegrías, con los relatos que pasan por la anécdota, a los que les saca chispa para contar. “Pa´bailar, eso sí, en mis tiempos hasta en una pata, pero después ya no, seguro uno no es del acomodo de las muchachas, o quién sabe qué piensan, hummm, como dice la canción –tararea y va componiendo trozos de “Bailamos señorita”- será porque soy bizco, como dice Velosa, o por mi paso atravesao. Lo cierto es que el rostro no me ayuda, pero todo es cuestión de gustos, con los dientes no se baila y menos con las orejas, que sumándole los ojos, tal vez son mis tres problemas”.

Si la golpiza que recibió le oscureció el camino, otras circunstancias y accidentes le han marcado su presente. Huérfano de mamá desde los siete años, de papá desde hace treinta. No estudio porque una bicicleta lo atropelló por pasar “a la loca” la calle 80 en Bogotá y una volqueta “casi le espicha la cabeza”, donde tuvo que vivir un tiempo con un padrino y desde entonces no lo pusieron más a la escuela. Una pendencia le ocasionó la pérdida de la vista y una tractomula  que lo arrolló en una zanja cuando venía por la carretera central de recibir un mercado que le da la alcaldía,  le hizo coger miedo a esta vía.

Y para la vista le han recetado lo habido y por haber. “Eso me han dado todos los remedios, hummm, qué no me he hecho. Ahorita me estoy haciendo el del azúcar, allá´rriba una señora me dijo que me pusiera azúcar en el ojo, que eso era muy bueno. Otro señor me trajo el agua bendita de la Virgen de Santa Lucía y también me la estoy untando con mucha fé, como me dijo allí un vecino, póngale fé, que si mi Dios levantó un muerto, qué no puede hacer por un ciego, de pronto hace el milagrito”.

Y la impresión a dos colores

Andresito compone su vida sin encuadre, sin luz, perdiendo muchas tomas, retratos que no pasan por su tomavista. “Y pa´que la luz, tengo mi radio de pilas, mire este –señala un transistor “Premier” cuadrado, negro, de dos pilas, que como muchas de sus cosas también se lo regalaron-  y de resto pa´que, por ahí si acaso para cocinar porque en el fogón es muy jodido, el humo me jode y pa´ alumbrarme no hace falta, así que seguiré con el sol a cuestas, pa´que me caliente, porque lumbrera no necesito”.

Su vida entonces se mueve con imágenes en dos colores, en blanco y negro. “Por este ojo -señala Andrés- veo solo sombras, todo negro. Y por el izquierdo una sola neblina, blanco, blanco y eso ya no tiene remedio porque dizque ya a esta edad es peligroso y por ir a hacer un bien de pronto quedo peor” -sentenció-. Y sus imágenes ahora son monofónicas, pues por su oído derecho no escucha. Fue al Puesto de salud y le recetaron unas gotas que una muchacha del pueblo se las regaló, pero “eso no me han hecho nada, a lo mejor se me jodió ese oído”. Nos despedimos, esta vez estiré la mano y el la sujetó sin dificultad. Dios lo lleve y que vuelva, pa´vernos otro día. Quedó, como todo hombre común, en su rancho, aguardando su casita, una estufa que no eche tanto humo, un mejor presente y una señorita para bailar.

CRÓNICAS EN LA MEMORIA, del pueblo y la vereda

“Ya viene a que le cuente historias…? Fue el saludo que recibió Javier en la vereda Ayalas, municipio de Tibasosa. Otras cinco o diez palabras y arranca la conversa, el relato, la memoria que empieza a traer al presente las vivencias en la vereda, de aquellos tiempos y de estos, como testimonio de lo que somos.


Así nos dimos cuenta que por más que se viva y se comparta, poco se conoce de nuestro territorio, pues esa palabra, ese hombre, esa mujer, nos habló despacio, contando con delicia y sin querer, nos entregó esas historias que de otro modo jamás hubiéramos conocido y eso es un beneficio inmenso para los habitantes y cercanos a Tibasosa.


Con “Crónicas en la memoria” entendimos la necesidad de tener un archivo sonoro del pueblo, que promueva la vida desde la palabra –que sigue siendo sagrada-, así como las historias, las identidades, los usos, costumbres y vivencias de las comunidades.


El beneficio mayor es para  las audiencias, que saben que el relato nos habita y que tienen la radio para contar, porque ahora el compromiso es mayor para seguir yendo al encuentro, allí donde el relato siempre nos aguarda.


CRÓNICA EN LA MEMORIA: DEL PUEBLO Y LA VEREDA, es una propuesta de periodismo ciudadano que construye con las comunidades y las personas habitantes de las veredas del municipio de Tibasosa, las historias de estos sectores, basadas en las conversas y los relatos que habitan en estos personajes, pues son ellos mismos quienes aportan las narrativas que permitirán contarlas y recrearlas.


Es un ejercicio de campo, de recorrido por cada vereda para acercarse a sus habitantes y explorar las distintas versiones e imaginarios sobre su historia. De conversaciones abiertas, espontáneas y de largo rato, de idas y venidas que nos llenan de imágenes sonoras, de muchas palabras, versos, coplas, dichos y cantadurías que dan cuenta de sus múltiples sabores y colores.


Su puesta al aire reconoce la crónica como elemento narrativo por excelencia para la radio, pues a partir de la activación de la memoria permite narrar y relatar el cómo se fue haciendo la vereda y sus diversas transformaciones en el tiempo, a la vez que aporta elementos literarios y de la sabiduría “popular” para componer la estética radial de un cuento “bien echado” y que sirve para varios usos: radiales, académicos y como soporte documental.


De otra parte, usa la “Historia de vida” para ubicar y reconocer el trabajo, las vivencias, los oficios o la importancia de un habitante de cada vereda, de alguien a quien le podemos llamar “Célebre”, por lo que es, por lo que ha sido o por su validez en la comunidad. O célebre, simplemente porque es de esas personas que da “motivos para celebrar…”.


CRÓNICAS EN LA MEMORIA tiene méritos para ser reconocido como un aporte original a la radio porque es una apuesta para la constitución de un archivo sonoro del pueblo, que rescata el relato en la radio, que promueve la vida desde la palabra –que sigue siendo sagrada- las identidades, los usos, costumbres y encuentros de las comunidades.


Asimismo porque entendemos que la construcción de narrativas es vital para comprender por qué somos como somos. Y aunque su valor es subjetivo y simbólico, pues dan a conocer los acontecimientos desde la vivencia de cada persona, reconocemos que en Tibasosa, como en la mayoría de pueblos, detrás de cada casa, cada calle, cada sector, cada vereda y cada persona hay una historia deliciosa, un pedazo exquisito de pueblo que pocos conocen y es urgente compartir.


La radio como medio de producción cultural y de educación, es una pieza clave para la difusión del material sonoro, pues hoy este medio debe gestionar sus relaciones con las audiencias o públicos, basados en la interacción y la participación y no en oyentes estáticos, pasivos y sin color ni sabor. Es que a los colombianos el relato nos habita, es una manera muy eficaz y mágica de contar y de conocer. Ahora que vivimos un proceso de paz, que se requiere “ver” la verdad desde sus actores, la radio debe ser un escenario importante para que sea la propia voz de los protagonistas la que cuente, esa es la riqueza testimonial, que llevados a un formato como la crónica posibilitará nuevas narrativas e imágenes sonoras para apropiar las historias de lo que nos ha hecho ser como somos.

CONVERSAS, recreación de la historia local

CONVERSAS PARA LA RECREACIÓN DE LA HISTORIA LOCAL, como una propuesta para poner en presente algunos escenarios de Tibasosa contados a partir de la propia voz de sus protagonistas, en una conversa espontánea, realizada en su domicilio habitual, donde se pueda activar la memoria y fluyen las imágenes de cómo se fue constituyendo el pueblo, pues “lo que trae la tradición (como memoria), son los sonidos de la historia: una épica del pasado que repercute en el presente (en la narración interpretativa) y contribuye a la toma de decisiones sobre el futuro”.

CONVERSAS indaga sobre algunos momento o eventos de la vida municipal:, Escuela Urbana de Varones, Avenida Mariño Soler, Parque Principal, Aguinaldo Tibasoseño, el disfraz de diablo, Olimpiadas Municipales y el Matriarcado, que conjugado con las primeras imágenes del pueblo, los recuerdos de la niñez y su sentir del pueblo hoy -que son parte de los imaginarios colectivos de quienes han vivido en el municipio- podrán aportar elementos significativos sobre el pasado y aquellas experiencias que nos han llevado a ser como somos.

La radio, como espacio de interacción, además de ser un proceso formativo, debe crear condiciones de aprendizaje y desarrollo de la cultura, darse en un ambiente de confianza, donde no se sienta que simplemente uno (el que usa el micrófono) tiene la verdad, el conocimiento y solo de él se aprende, sino más bien, donde pueda darse rienda suelta a la imaginación, a la interpelación y a la construcción colectiva de las diferentes apuestas, pues cada uno tiene aportes y experiencias vitales en la formación de nuevos escenarios y la transformación de las realidades.

Todo esto se conjuga para lograr que este trabajo apueste por la recuperación del RELATO, una capacidad mágica que tiene la radio pero que se ha quedado atrás para darle paso a unas sonoridades repetitivas, predecibles e incluso ordinarias.

 

ESCUCHAR RELATOS:

LA DANZA DE LAS PERDICES: el juego de la cosecha

 

Es domingo, don Pedro Elías se levanta de mañanita, se echa tres bendiciones, muda sus animales, toma “tres sorbos de caldo” y con traje fiestero coge camino para el pueblo. En su recorrido silva un par de canciones, como anunciando que hay festejo, que no es un día cualquiera y que su destreza de nuevo arrancará un poco de aplausos que con alegría cargará en su corazón, mientras “la pinta y las piernas aguanten”, como atina a decirlo.


Es quizá el más veterano del Grupo de Danzas Campesinas de Tibasosa, por edad y por su experiencia, pues son muchos años de andanzas, bailes y jolgorio, lo que le ha permitido ser indispensable no solo como bailador, sino también porque guarda en su memoria los relatos mágicos de cada pieza folclórica, sus pasos y su coreografía, con lo cual la puesta en escena es mucho más auténtica y se vuelve testimonio de esas tradiciones con las que en otrora se compartían las diversas manifestaciones de la vida. Una danza me llamó la atención -aunque de entrada no la entendí-, pero tuvo elementos narrativos, argumentales, históricos y un conjunto de accesorios, imágenes, luces y sombras que en un momento me sentí en un inmenso teatro y no en el Parque Principal de Tibasosa, donde al son de un torbellino el Grupo presentaba su repertorio de danzas recogidas de los propios campesinos.


Era la llamada “Danza de las Perdices”, como me lo explicó después don Pedro Elías Cogua (qepd), a quien tuve que recurrir para que en una conversa me diera una lección de danza tradicional y de apreciación folclórica. Vamos entonces por partes. La historia puesta en escena cuenta “o baila” la lucha de las perdices al ser atacadas por su enemigo natural, el gavilán, así como la briega de su cuidandero para evitar que se roben los animales. Esta danza fue recogida de las épocas en que se recogía la cosecha de maíz, trigo o cebada y el patrón en agradecimiento ofrecía una fiesta con músicos, comida y bebida.


Las prendas con las que se presentan los bailadores y las bailadoras son las típicas campesinas, las mismas que usan en su cotidianidad y que se conocen como el “traje dominguero”: la mujer de sombrero, blusa, naguas y alpargates. El hombre de sombrero, ruana terciada, chaqueta, pantalón y alpargates. Aquí aparece un elemento que aunque no se resalta, es altamente significativo de dos situaciones. Una, que da cuenta de la moda y de cómo a pesar del tiempo se conserva, incluso en la tela del traje masculino, hechos y usados todavía en dril. Dos, que no son trajes coloridos, por el contrario son oscuros, negros, como imponiendo un respeto, propio de lo ritual, lo solemne e incluso lo sagrado.


Esto se reafirma con su expresividad, a pesar de ser un juego, sus rostros son duros, fríos, serios y lúgubres. Lo ritual se rompe con las personificaciones que se hacen del gavilán y el perdicero. El gavilán lleva un emplumado que representa las alas y la cabeza del animal, donde sobresalen tintes rojos, acaso el peligro?, o quizá lo perverso, lo malo, el poderoso?. Por su parte, el perdicero o cuidandero lleva acomodado en su rostro una careta que imita el rostro del animal, como si ocultara una pena ajena o escondiera una culpa por su falta de voluntad para defender la manada. Esto también puede ser grandeza, mando y el alguna forma jerarquía. La función cobra vida con los sonidos humanos que intentan simular el canto de las aves. Entonces las perdices inician el baile simulando un aleteo que se representa con un palmoteo y un sonido gutural que suena algo así como “gruuuuuuuuuuuuu”.


Por su parte el perdicero trata de alertar a la manada con un chillido “uipuuuu, uipuuuu, uipuuuuu”, lo cual les sirve de alarma cuando aparece el gavilán y éstas se acurrucan figurando esconderse. Todo esto se acompaña de un torbellino, interpretado por un grupo musical, donde sobresalen algunos instrumentos típicos de la región, aunque algunos ya han caído en desuso. Entre los tradicionales están el tiple, la guitarra, el requinto y la guacharaca. Otros accesorios que entran al festín son las carracas, el chucho, el chimborrio, los capadores, las esterillas. Todos con sonidos que ambiental el escenario y de alguna manera llevan la secuencia y las intensidades de la obra. Así danzan perdices, gavilán y perdicero en una historia de siete capítulos.


Uno, que incia el baile, es un trenzado donde tres filas de perdices se entrecruzan y forman figuras de ochos. Dos, la entrada del gavilán, que se acerca y acecha a sus presas. Tres, el chillido del perdicero que alerta y hace que las perdices se acurruquen. Cuatro, la levantada de las perdices con aleteo y sonido gutural, al notar que el peligro ha pasado. Cinco, la robada que el gavilán empieza a hacer con sus presas, pues estas se han confiado y el simplemente esperó para atacar y llevarse su premio. Seis, el duelo, el climax, el enfrentamiento entre el gavilán y el perdicero, que hasta ahora habían permanecido a cierta distancia y ahora sólo quedan ellos, uno frente al otro. El gavilán ataca, el perdicero huye, pero finalmente es atrapado. Y siete, la venia,fin de la presentación, las perdices se levantan y en las mismas filas salen del escenario bailando, acompasadas también por gavilán y perdicero. Así descubrí estas narraciones ocultas, que se dan o aparecen tras cada paso, tras cada movimiento, que se percibe del rostro, de la expresión, de la música, del traje y de los colores.


El baile no es por bailarlo, tiene múltiples significados y significantes, tiene sus propios códigos que relacionan tiempo, espacios, temporadas, angustias, alegrías, luchas, sitios, rangos y hasta el bien y el mal. Es un testimonio, un juego en el que se interpreta o reinterpreta un momento, un suceso, una actividad, una identidad y en el que, de todas maneras, aunque el dicho diga que “el que baila es el que goza”, pude reconocer que el que mira, admira, pregunta, entiende e interpreta, también se lo goza. Don Pedrito -con la confianza que dio la conversa- desarrugó sus pesares, se lleva el aplauso para su rancho, allá arriba en Resguardo Alto y se va con el afán que le produce el saber que le quedan muchos domingos y que quizá el traje no aguante para tanto, pues hoy “las perdices”, mañana “el alcahuete”, o “la quema de la cola del diablo”, o “el tres”, o “el moño”, o en últimas lo que toque, allí estará dispuesto a azotar baldosa y echarse un pati’rralo. 

Algunos significados:

Muda. Los cambia de lugar, los lleva al potrero. 

Jolgorio. Fiesta con música y baile. Alegría. 

Briega. Trabajo, dificultad. 

Cuidandero. El que cuida o protege a alguien o algo. 

Pati´rralo. Baile.

DE TIENDA EN TIENDA

Como manifestación popular anclada en la tradición, guarda parte de la historia de nuestro país, ese que apenas nos han contando a medias, pues Colombia es un país inédito y nuestra vida está llena de relatos que se quedan por ahí… de tienda en tienda. Así aparece la serie DE TIENDA EN TIENDA, un referente en el pueblo, un escenario social, sin ninguna distinción, donde se saluda, se conversa de esto, de aquello, de lo divino y lo humano, se hacen negocios, se tejen relaciones, se levanta trabajo y en últimas por allí circula la vida del municipio y todo se sabe.


Se llamaron ventas, chicherías o tiendas, ubicadas en sitios estratégicos del pueblo, bien por ser punto central o estar en las salidas del municipio. Algunas puestas en cualquier lugar de la casa, otras en la sala o el garaje y otras en su propio espacios o local como suele nombrarse. El repaso es un tanto difícil, hay olvidos, cruce de historias, espacios en blanco, la memoria es esquiva o traicionera –como le dicen otros- y brotan entonces las cosas que es necesario volver a pasar por el corazón. Las tiendas en Tibasosa, las más antiguas… su nombre, su dueño o el sitio… cortos relatos en blanco y negro.


Se abren por necesidad, el negocito de la familia o por simple casualidad o por herencia, pero el negocio se fregó, ni se vende lo mismo, ni es tan rentable, se tienen por costumbre, por no dejar de hacer algo.


Sin embargo siguen apareciendo. La mayoría de casas se proyectan con un local, porque algo puede presentarse o para arrendar. Son tiendas sin nombre o con cualquier nombre, el que le colocan sus propios clientes, o aquel que se forjó producto de la costumbre y que tiene relación con el nombre del dueño o la dueña, su apodo o el sitio donde está ubicada. Pocas tienen avisos, pero su identidad es inmediata, basta con mencionarla y todos saben a cuál se refieren, pues en últimas son como ese escenario natural para encontrarse, un punto que convoca como el Parque del pueblo.


Tienda que no fie, no es tienda, dicen hasta los mismos tenderos, por eso en ninguna puede faltar el tradicional “cuaderno de fianzas”. “Que un día de estos le pago”, “que haga el favor y me anota”, “que mandó decir mi mamá que le mande una panela”, “que hoy no tengo plata”, “que le toca que me las fie”, retóricas acostumbradas para obtener el crédito, que es de sola palabra, de confianza entre uno y otro, por eso se apunta y se cobra o se paga en su momento para seguir con la fianza abierta, pero muchos quebrantan el trato y quiebran la amistad y el negocio.


Aparecen entonces las llamadas listas de deudores morosos, que se publican en partes visibles de la tienda, algunos pagan por vergüenza, a otros les da lo mismo y como dice el aviso “se pierde el amigo y la plata”. Y cuando la palabra ya no juega, se hace a las malas, hay que “parar conejo”, una modalidad exclusiva del consumo de licor en la tienda, que tiene sus propios protagonistas, que hicieron fama y dan de qué hablar, para la muestra un botón.


Así con sus idas y venidas la tienda es un referente en el pueblo, que abre todos los días, casi sin horario, pues incluso estando cerrada existe la posibilidad de golpear. Es un escenario social, sin ninguna distinción, donde se saluda, se conversa de esto, de aquello, de lo divino y lo humano, se hacen negocios, se tejen relaciones, se levanta trabajo y en últimas por allí circula la vida del municipio y todo se
sabe.


La tienda como establecimiento para expender artículos de primera necesidad, miscelánea, bebidas y productos de aseo, sigue vigente; algunas privilegian el ofrecimiento de comestibles y licores, aparecen otras ofertas para ir a mercar que cambian las relaciones y las dinámicas del comercio, pero su identidad del detal, el fiado, el regateo, el encime, la confianza mutua y el trato personalizado conquista.


A la luz de los diversos procesos de apertura que se vienen dando desde 1990 y de la modernización de los canales de distribución, contrario a lo que puede pensarse, la tienda tiene asegurado su futuro, pues es un eslabón invisible de la globalización y los consumidores mantendrán el contacto con este escenario, con ese mundo que conjuga lleno del exquisito plato de la conversa, la confianza y la necesidad de encontrarnos. Y existirá a la par con los grandes supermercados, cercana al productor y al consumidor, aliada a la plaza de mercado.


La tienda una clara muestra de la historia comercial de Colombia, como manifestación popular anclada en la tradición, guarda parte de la historia de nuestro país, ese que apenas nos han contando a medias, pues Colombia es un país inédito y nuestra vida está llena de relatos que se quedan por ahí… de tienda en tienda.


CAPÍTULO 1.

Es un reportaje sobre las tiendas, lo que fueron, lo que son y las diversas relaciones sociales, culturales y económicas que forjan.


CAPÍTULO 2.

Una conversa de dos paisanos que se da en un ambiente de tienda, desde que llegan, se saludan, saludan a la tendera, piden e inician su charla y rememoran historias de amores y desamores, iniciando con el mientras van pidiendo” la otra tanda”, saludan a otros que llegan y tejen el ambiente.


CAPÍTULO 3.

Es un relato de un coplero, don Silvestre León, quién cuenta su vida y andanzas, así como sus recuerdos de tiendas y parrandas. Sus palabras se van conjugando con las coplas de tienda, cantadas por el Grupo Carranguero Los Hermanos Cardozo. Incluye una crónica sobre el coplero, un recuento sobre la copla como testimonio de las vivencias campesinas y sus diversas manifestaciones.

GUILLERMO PATIÑO, GANA PREMIO DE MINCULTURA

 

 

 

De acuerdo con la calidad narrativa y técnica de las piezas presentadas, así como su aporte a la valoración, difusión y proyección de los procesos históricos y culturales del Bicentenario, se dio a conocer el nombre de los 10 ganadores de los premios de periodismo cultural ‘distintas maneras de narrar nuestro Bicentenario de la Independencia’ y nuestro compañero Guillermo Patiño M. resultó ganador en la categoría MEJOR CRÓNICA RADIAL.

 

Esta pieza sonora denominada RELATOS Y CANTAS CON ALMA BICENTENARIA, narra el encuentro entre la copla y la música campesina para conmemorar el bicentenario de libertad en tierras boyacenses: En la vereda Duce, sector Dintá, municipio de Mongua, don Ismael Carreño, un campesino de 79 años, revisó textos y esculcó la memoria para componer la gesta libertadora a punta de coplas. Y por otro lado Rosebel Cucunubá por el frío paisaje del Páramo de Pisba en Socotá y Ómar Maldonado, en el Llano de Miguel en Paya, rasgaron las cuerdas y contaron en música campesina y joropo, la ruta libertadora.

Se junta la historia con cuatro palitos y el cuatro, reconociendo que hoy como ayer somos un mismo territorio, que desde la Batalla de Las Termópilas y el paso por el Páramo de Pisba, la historia y la cultura siguen vivas. Son cantas, son coplas, son versos que salen del alma, que relatan y conmemoran y que por el camino se van encontrando, porque son momentos que nos hermanan y más cuando aparece una heroína armada con requinto: Maribel Fonseca, que cierra esta parte de la historia con algo que podríamos denominar la "carranga protesta", una guabina, un reconocimiento a las heroínas que siguen librando mil batallas. Es la música campesina, la misma que dice que sin copla no tiene sazón y la que hoy cuenta, da fe de nuestra historia bicentenaria.

El Jurado integrado por Sandra Beatriz Sánchez López, Pablo Mora Calderón y Germán Franco Diez, destacó que "esta pieza no solo construye viñetas de realidades claves de la historia de la independencia, sino que también cuenta cómo la gente -en especial los campesinos y habitantes rurales de Boyacá- se apropian del Bicentenario mientras ellos mismos un repertorio de cultura popular que a futuro podría llegar a convertirse también en artefacto patrimonial".

 

ESCUCHAR LA CRÓNICA:

Andrés Rincón: LA VIDA SIN NADA A LA VISTA

Uno siempre vuelve por aquello lugares de encuentro, por esos personajes célebres que se cruzan en el ejercicio periodístico.

 

Y volví. Echar la memoria para atrás fue duro: Andresito siempre llegaba a la emisora el 14 de enero, iba una vez al año a poner un aviso para que lo saludarán el 15 día de su cumpleaños. Llegaba con dificultad, recuerdan? Andresito, el de “La vida en blanco y negro”, pues por un ojo veía negro, muy negro y por el otro blanco, puro blanco.

Hoy 15 de enero, a sus 65 años, nos volvimos a encontrar y como de costumbre no me pudo ver, pero apenas escuchó mi saludo, se levantó de la silla de madera y a tientas me buscó para darme un abrazo. Qué abrazo!, sincero, cercano, tanto que hasta despertó la envidia de quienes estaban en la casa, allí cerca a lo que un día fue su rancho, en la Vereda Las Vueltas de Tibasosa.

Lo trajo doña Martha Molano, una de esas vecinas que con el tiempo se convirtió en toda su familia, pues ni hermanos, tíos, sobrinos o parientes saben de él. Y allí en la casa de Martha conversamos, hicimos un brindis, comimos torta, conjugamos las palabras en pasado, presente y futuro. Lo vi, lo sentí muy bien, “repuestico” -diría mi abuelita- mucho mejor de aquellos días en la mediagua de adobe, que con el tiempo también se cayó, quizá anunciando que el sueño de su propia casita, con baño y cocina se quedó en el olvido.

Ahora está un Centro de Atención para Ancianos en el municipio de Belén, un poco duro, dice levantando la cabeza al cielo, pero ahí uno se acostumbra. Lo que no ha perdido es la alegría, el gusto por el baile, sobre todo si le ponen la canción de Velosa, “Bailamos señorita”, pues sabe que bailando en una pata no hay quien le gane y que nada tienen que ver los ojos con el ejercicio. Ya no ve nada: ni negro ni blanco, me dijo, es que hora si que no veo nada. Pero afina su oído, carga un radiecito entre el bolsillo de la camisa, para escuchar por la noche porque me desvelo mucho, sonríe, y aquí lo escondo para que no me lo quiten. Y otra vez extendió su mano, buscó la mía, la apretó y sin soltarla me dio otro abrazo.